Hoy, 2 de noviembre, nuestra Iglesia conmemora a todos los fieles difuntos. Más que un día de tristeza, es un día de profunda esperanza y de amor que trasciende la barrera del tiempo.
Nuestra Iglesia se divide en tres grandes grupos, formando lo que llamamos la Comunión de los Santos: La Iglesia triunfante, que son los hermanos que ya se han salvado y están gozando del cielo. La Iglesia militante, que somos nosotros, los que estamos en la tierra luchando cada día por hacer el bien y evitar el mal y la Iglesia sufriente, que son los que están en el purgatorio purificándose de sus pecados o de cualquier huella que aún necesite el perdón de Dios, a ellos recordamos el día de hoy.
El profeta Jeremías ya nos hablaba en el Antiguo Testamento de la paz en la partida: «En paz morirás...», y en el libro segundo de los Macabeos leemos que se mandaban ofrecer sacrificios por los difuntos para que quedaran libres de sus pecados. Siguiendo esta hermosa tradición desde los primeros siglos, la Cristiandad escribía los nombres de los hermanos que habían partido en los llamados “dípticos” para orar por ellos en la Eucaristía. San Gregorio Magno afirmaba con sabiduría: «Si Jesucristo dijo que hay faltas que no serán perdonadas ni en este mundo ni en el otro, es señal de que hay faltas que sí son perdonadas en el otro mundo».
La tradición de rezar por los
muertos se remonta a los primeros tiempos del cristianismo. Cuando una persona
muere terrenalmente, ya no puede acumular méritos por sí misma para ganar el
cielo; sin embargo, los vivos sí podemos ofrecer nuestras obras, sacrificios y
oraciones por ellos. A esto le llamamos sufragios. El mejor sufragio que
podemos ofrecer es la Santa Misa. La Iglesia también nos recomienda la oración
constante, las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia para
acortar ese periodo de purificación de nuestros seres queridos. Además, aquí
ocurre un hermoso intercambio de amor: nuestros difuntos, una vez que alcanzan
la gloria de Dios, no se olvidan de nosotros; al contrario, interceden
poderosamente ante el Padre por los que seguimos en la tierra, para que
tengamos la gracia de ser fieles y alcanzar también la vida eterna.
Para la reflexión:
¿Has olvidado rezar por alguien que fue importante en tu vida? ¿Qué oración, sacrificio u obra buena puedes ofrecer hoy por el eterno descanso de esa persona?
«Dios de misericordia y amor,
ponemos en tus manos amorosas a todos nuestros hermanos que has llamado de esta
vida a tu presencia. En esta vida les demostraste tu gran amor, y ahora que ya
están libres de toda preocupación, concédeles pasar con seguridad las puertas
de la muerte y gozar de la luz y la paz eterna. Habiendo terminado su vida
terrena, recíbelos en el paraíso, en donde ya no habrá tristeza ni dolor, sino
únicamente felicidad y alegría con Jesús, tu Hijo, y con el Espíritu Santo para
siempre. Amén.»
Video, Memoria de los fieles difuntos

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