El 5 de Noviembre, nuestra Iglesia recuerda a Santa
Ángela de la Cruz, virgen y fundadora del Instituto de las Hermanas de la Cruz
(1846-1932). España
Sor Ángela de la Cruz, conocida popularmente como la "Madre de los pobres", nació en Sevilla el 30 de enero de 1846 en el seno de una familia muy humilde. Fue bautizada el 2 de febrero en la Iglesia de Santa Lucía con el nombre de María de los Ángeles Guerrero González. Su padre, Francisco Guerrero, era cardador de lana —oficio que consistía en lavar y cepillar la lana para dejarla lista para el hilado—. Además, para sustentar al hogar, colaboraba junto a su esposa, Josefa González, en la cocina del convento de los Padres Trinitarios. Tuvieron catorce hijos, aunque sólo seis sobrevivieron a la infancia debido a la alta mortalidad de la época.
En su hogar se respiraba un profundo amor a la Virgen; durante el mes de mayo se montaba un altar para rezar el rosario, y su familia tenía encomendado el cuidado de la Virgen de la Salud de la Iglesia de Santa Lucía (cuya imagen se encuentra hoy en la Casa Madre de la Compañía en Sevilla).
En la escuela aprendió las primeras letras, nociones
de aritmética y el catecismo, recibiendo su primera comunión en febrero de
1854. Al fallecer su padre cuando Ángela era niña, tuvo que dejar la escuela a
los 12 años para trabajar como obrera en un taller de zapatería. Ahí permaneció
hasta los 29 años a cargo de la Sra. Antonia Maldonado una mujer piadosa que
reunía a las trabajadoras todas las tardes para rezar el rosario en un oratorio
privado.
Su profunda vida interior era evidente. Desde su
juventud practicó una rigurosa mortificación personal: dormía sobre una tabla
con una piedra por almohada, usaba cilicios y ayunaba frecuentemente. En su
oración contemplativa, Dios le mostró una cruz vacía frente a la de Cristo
crucificado, recibiendo la inspiración de inmolarse junto a Él por la salvación
de las almas, "haciéndose pobre con el pobre para llevarlo a Cristo".
En 1865 se cierne una oleada de cólera sobre Sevilla que azota a las familias pobres hacinadas en los "corrales de vecindad". Ángela se multiplicó para socorrer a los enfermos y desamparados. Por esos años sintió con fuerza el llamado a la vida religiosa; sin embargo, al intentar ingresar primero con las Carmelitas Descalzas y después con las Hijas de la Caridad, fue rechazada en ambas ocasiones por su frágil salud (aunque curiosamente, al regresar a su casa, se recuperaba). Comprendió entonces que los designios de Dios para ella iban por otro camino.
El 11 de octubre de 1874, por indicación de su director espiritual, comenzó a escribir su diario (conocido como «Papeles de conciencia»), donde fue detallando el estilo de vida que viviría la futura congregación. Poco después, El 8 de diciembre de 1874, ante su director espiritual, el padre José Torres, realizó de manera privada sus votos perpetuos, de pobreza, castidad y obediencia consagrándose por entero a Dios antes de dar el paso para fundar el Instituto el año siguiente.
El 2 de agosto de 1875, dio inicio formal al Instituto de Hermanas de la Compañía de la Cruz. Comenzó junto a tres valiosas compañeras: Juana María Castro, Juana Magadán (dos jóvenes sencillas y de pueblo) y Josefa de la Peña, una terciaria franciscana de posición desahogada que decidió aportar sus recursos para alquilar la primera y humilde vivienda. Con el tiempo adoptaron un sencillo hábito marrón y negro, y el pueblo comenzó a llamarla cariñosamente "Madre". La naciente obra recibió la bendición y aprobación eclesiástica de las autoridades de la diócesis de Sevilla, consolidándose con los años bajo la paternal protección del Cardenal Marcelo Spínola.
El sello distintivo de las Hermanas de la Cruz fue —y sigue siendo— un radical desprendimiento para vivir como los más pobres entre los pobres. No se limitaban a dar ayuda desde una oficina o un convento cerrado; las hermanas salían de noche y de día a los "corrales de vecindad" y a las chabolas para cuidar directamente a los enfermos abandonados, lavarles las llagas, cocinarles, hacerles compañía y atender a los moribundos en absoluta pobreza. La Madre Ángela les enseñaba que debían ser «pobres con los pobres para llevarlos a Cristo», borrando toda distancia social y convirtiéndose en servidoras y esclavas de los más necesitados.
El resto de su larga vida estuvo marcado por el sello doliente de la Cruz, pero también por la profunda alegría de quien se sabe luz en medio de la oscuridad. A pesar de su salud frágil, la Madre Ángela dirigió su obra con sabiduría, humildad y un amor inagotable. La Congregación creció rápidamente por toda Andalucía y otras regiones de España, fundando conventos-asilos donde la caridad se vivía en su forma más pura.
Después de una vida entera entregada sin reservas al servicio de Dios en los hermanos, Sor Ángela entregó su alma al Padre el 2 de marzo de 1932, a la edad de 86 años, tras sufrir un accidente cerebrovascular. Su partida conmovió profundamente a Sevilla: multitudes de personas de todas las clases sociales —desde los más pobres a los que dedicó su vida hasta autoridades civiles y eclesiásticas— acudieron a la Casa Madre para despedir a quien el pueblo ya consideraba una santa en vida. Su legado de amor extremo sigue vivo hoy a través de sus hijas, las Hermanas de la Cruz, que continúan abrazando el dolor del mundo con una sonrisa y una entrega incondicional.
Fue beatificada por el Papa San Juan Pablo II el 5 de
noviembre de 1982 en Sevilla, y canonizada por el mismo pontífice el 4 de mayo
de 2003 en Madrid. Su cuerpo incorrupto descansa en la Capilla de la Casa Madre
de las Hermanas de la Cruz en Sevilla.






