martes, 3 de noviembre de 2026

Noviembre 3, San Martin de porres


 

El 3 de noviembre, nuestra iglesia recuerda a San Martín de Porres, fraile de la Orden de Predicadores. Año 1639, Perú. De memoria litúrgica opcional.

Nació en Lima el 9 de diciembre de 1579, fruto del amor entre Don Juan de Porres, un caballero español de la nobleza de Burgos y de la Orden de Alcántara, y Ana Velázquez, una mujer negra libre nacida en Panamá. Debido a que sus condiciones sociales impedían el matrimonio formal, en su partida de bautismo de la Parroquia de San Sebastián figuró inicialmente como "de padre desconocido". Dos años después nació su hermana menor, Juana. A pesar de las marcadas limitaciones y el dolor del rechazo social, su madre Ana Velázquez crió a sus dos hijos con una esmerada y profunda educación cristiana, sembrando en el pequeño Martín un amor inmenso hacia Dios y hacia los desvalidos. 

Posteriormente, Don Juan de Porres fue destinado a Guayaquil, Ecuador, desde donde les proveía sustento económico. Al ver la situación precaria en la que iban creciendo los niños sin una figura paterna cercana, Don Juan decidió asumir su paternidad y legalizar su situación, reconociéndolos oficialmente como sus hijos ante la ley. Hacia 1586, quiso llevarse a sus dos hijos a Guayaquil con sus parientes paternos para ofrecerles un mejor porvenir; sin embargo, los prejuicios de la época pesaron en la familia y los parientes solo aceptaron a Juana, quien no había heredado la tez morena de su madre. A pesar de este doloroso rechazo, Martín se quedó casi tres años en tierras ecuatorianas, un tiempo valioso en el que aprendió a leer y escribir. Más adelante, cuando su padre fue nombrado Gobernador de Panamá, dejó a Juana al cuidado de los parientes en Guayaquil y envió a Martín de regreso a Lima al cuidado de su madre Ana Velázquez, asignándole una pensión económica fija para garantizar sus estudios y su sustento diario. De regreso en la Ciudad de los Reyes, el joven Martín comenzó a formarse con ilusión en los oficios que marcarían su vida de servicio, aprendiendo la barbería, la cirugía menor y la boticaria bajo la tutela de Mateo Pastor en la plaza de Lima, de donde heredó un conocimiento prodigioso de la medicina natural.

 En 1594, a los 15 años, el joven Martín sintió el llamado profundo de Dios y pidió ser admitido en la comunidad de los Padres Dominicos. Sin embargo, debido a las rígidas leyes y prejuicios raciales del Virreinato que impedían a las personas de raza negra o mestiza profesar como religiosos, solo fue aceptado como "donado", es decir, un servidor humilde que realizaba las labores más pesadas de la comunidad a cambio de sustento. Así vivió nueve años en total anonimato, practicando los oficios más bajos y siendo siempre el último de todos con una sonrisa en los labios. Finalmente, en 1603, sus superiores, conmovidos y transformados al ser testigos de su inmensa santidad de vida, le obligaron a profesar los votos como Hermano Cooperador, rompiendo los esquemas de su tiempo.

Al convertirse en hermano religioso, volcó su inagotable caridad a manos llenas. Los frailes bromeaban con ternura y se quejaban de que Fray Martín quería convertir el convento en un auténtico hospital, pues a todo enfermo que encontraba lo socorría, y cuando ya no tenía dónde alojarlos, no dudaba en llevar a los enfermos más graves y pestilentes a recostarlos cariñosamente en su propia cama. Con la ayuda de generosos bienhechores de la ciudad, fundó el Asilo de Santa Cruz para reunir a vagos, huérfanos y limosneros, ayudándoles a recuperar su dignidad. Recogía limosnas en cantidades asombrosas y repartía absolutamente todo entre miles de menesterosos que acudían a él buscando consuelo.

 Su amor por Dios se extendía a toda la creación: se cuenta que, movido por esa paz interior, logró que un perro, un gato y un ratón comieran juntos y en armonía en el mismo plato del convento. En otra ocasión, cuando el convento atravesaba una grave crisis de deudas, Fray Martín se posternó ante el Prior y le dijo con total desprendimiento: "Padre, yo soy solo un pobre mulato y propiedad del convento, véndame como esclavo para pagar las deudas", provocando el llanto y la conmoción del superior, que por supuesto se negó. Además, creó una huerta medicinal en la hacienda Limatambo para surtir la botica de la ciudad y plantó árboles frutales en los caminos públicos para que los viajeros cansados y pobres pudieran calmar su hambre.

 Su alma santa rozó la de otros grandes santos de su época: tuvo una estrecha y hermosa amistad con San Juan Macías y conoció a Santa Rosa de Lima, siendo los tres confirmados por el mismo arzobispo, Santo Toribio de Mogrovejo. Su vida espiritual era tan intensa que pasaba la mitad de la noche en oración íntima ante el crucifijo, el Santísimo Sacramento y la Virgen María, contando sus penas como a un amigo cercano. Fue protagonista de dones místicos extraordinarios: sin moverse nunca de Lima, fue visto en China y Japón animando con ternura a los misioneros desanimados o perseguidos, y en la propia ciudad era visto junto a las camas de los moribundos consolándoles antes de que fallecieran, un don de bilocación que reflejaba su anhelo de llegar a todos los que sufrían. Cuando su oración alcanzaba momentos de profunda devoción, su cuerpo se elevaba por los aires en un estado de levitación, completamente ajeno a los ruidos y a la presencia de la gente.

 Dormía apenas dos o tres horas, casi siempre por las tardes, y usó siempre con profunda humildad un sencillo hábito de cordellate blanco (sayal) con una capa larga de color negro. Alguna vez, el Prior lo obligó a recibir un hábito nuevo y un fraile lo felicitó; Martín, con esa sonrisa limpia que lo caracterizaba, le respondió: "Pues con éste me han de enterrar", y así fue. A la edad de sesenta años, Fray Martín cayó enfermo y anunció con serenidad que había llegado la hora de su encuentro definitivo con el Señor. Solicitó a los religiosos que se arrodillaran a su alrededor y entonaran en voz alta el Credo; y mientras sus hermanos cantaban la fe de la Iglesia, entregó su alma a Dios a las nueve de la noche del 3 de noviembre de 1639 en la Ciudad de los Reyes.

 Toda la ciudad le dio el último adiós en una despedida multitudinaria y conmovedora donde se fundieron y abrazaron todas las clases sociales. Sus restos descansan hoy en la Basílica y Convento de Santo Domingo en Lima, muy cerca de Santa Rosa y San Juan Macías.

 Fue Beatificado por Gregorio XVI en 1837, y canonizado el 6 de mayo de 1962 por el Papa Juan XXIII, quien sentía por él una devoción entrañable y lo proclamó oficialmente como Patrono de la Justicia Social. Es reconocido como patrono de los barberos, peluqueros, estilistas, enfermeros, auxiliares de sanidad, trabajadores de limpieza pública, barrenderos, farmacéuticos, boticarios, de la concordia y las relaciones raciales, del Colegio de Médicos del Perú y de la sanidad militar.

 De la vida de este humilde fraile peruano aprendemos la fuerza de la humildad transformadora, que nos demuestra que el verdadero poder no reside en los títulos ni en el aplauso, sino en el servicio entregado y silencioso. Nos enseña también la dignidad sin distinción, rompiendo los muros del prejuicio para ver siempre el rostro vivo de Cristo en el hermano que sufre, sin importar su color ni su condición.

 Para la reflexión:

 ¿A quién estamos dejando al margen en nuestras vidas por prejuicios o indiferencia, y de qué manera concreta podemos ser hoy nosotros la mano que cura y consuela a nuestro prójimo?

 Dios nuestro, que guiaste a san Martín de Porres hasta la gloria del cielo por el camino de la humildad, concédenos imitar sus ejemplos, para ser llevados con él a la patria celestial. Por Jesucristo Nuestro Señor. San Martín de Porres, ruega por nosotros. Amén.

Video de San Martin de Porres

Noviembre 2, Memoria de los fieles difuntos


 

Hoy, 2 de noviembre, nuestra Iglesia conmemora a todos los fieles difuntos. Más que un día de tristeza, es un día de profunda esperanza y de amor que trasciende la barrera del tiempo. 

Nuestra Iglesia se divide en tres grandes grupos, formando lo que llamamos la Comunión de los Santos: La Iglesia triunfante, que son los hermanos que ya se han salvado y están gozando del cielo. La Iglesia militante, que somos nosotros, los que estamos en la tierra luchando cada día por hacer el bien y evitar el mal y la Iglesia sufriente, que son los que están en el purgatorio purificándose de sus pecados o de cualquier huella que aún necesite el perdón de Dios, a ellos recordamos el día de hoy.

 La tradición de rezar por los muertos se remonta a los primeros tiempos del cristianismo, en donde ya se honraba su recuerdo y se ofrecían oraciones y sacrificios por ellos. Cuando una persona muere ya no es capaz de hacer nada para ganar el cielo; sin embargo, los vivos sí podemos ofrecer nuestras obras para que el difunto alcance la salvación. Con las buenas obras y la oración se puede ayudar a los seres queridos a conseguir el perdón y la purificación de sus pecados para poder participar de la gloria de Dios. A estas oraciones seles llama sufragios. El mejor sufragio es ofrecer la Santa Misa por los difuntos.

 ¿Qué nos enseña la Biblia y la Iglesia sobre la muerte? La Palabra de Dios nos trae una luz inmensa. En el Evangelio de San Juan, Jesús nos consoló con una promesa firme: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá». Para un cristiano, la muerte no es el final de todo, sino el umbral, la puerta que se abre para un encuentro definitivo con el amor infinito de Dios. Es el paso de este mundo pasajero a la verdadera vida.

El profeta Jeremías ya nos hablaba en el Antiguo Testamento de la paz en la partida: «En paz morirás...», y en el libro segundo de los Macabeos leemos que se mandaban ofrecer sacrificios por los difuntos para que quedaran libres de sus pecados. Siguiendo esta hermosa tradición desde los primeros siglos, la Cristiandad escribía los nombres de los hermanos que habían partido en los llamados “dípticos” para orar por ellos en la Eucaristía. San Gregorio Magno afirmaba con sabiduría: «Si Jesucristo dijo que hay faltas que no serán perdonadas ni en este mundo ni en el otro, es señal de que hay faltas que sí son perdonadas en el otro mundo».

La tradición de rezar por los muertos se remonta a los primeros tiempos del cristianismo. Cuando una persona muere terrenalmente, ya no puede acumular méritos por sí misma para ganar el cielo; sin embargo, los vivos sí podemos ofrecer nuestras obras, sacrificios y oraciones por ellos. A esto le llamamos sufragios. El mejor sufragio que podemos ofrecer es la Santa Misa. La Iglesia también nos recomienda la oración constante, las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia para acortar ese periodo de purificación de nuestros seres queridos. Además, aquí ocurre un hermoso intercambio de amor: nuestros difuntos, una vez que alcanzan la gloria de Dios, no se olvidan de nosotros; al contrario, interceden poderosamente ante el Padre por los que seguimos en la tierra, para que tengamos la gracia de ser fieles y alcanzar también la vida eterna.

 Cuando visitamos los panteones, llevamos flores, encendemos velas o nos reunimos en familia, la Iglesia nos recuerda el sentido católico de estos gestos: las flores son signo de la vida que no se apaga; las velas encendidas representan la luz de Cristo guiando a nuestros seres queridos; y la visita a los cementerios es el respeto a los cuerpos que esperan la resurrección.

 La Iglesia siempre nos enseña a vivir estas tradiciones libres de supersticiones o de miedos infundados. Los muertos no vienen a espantar a nadie, lo único que esperan y necesitan de nosotros es la oración, la eucaristía y la caridad hecha en sufragio por amor a ellos. Hagamos una pausa en nuestra rutina diaria para recordarlos con fe y gratitud.

 

Para la reflexión:

¿Has olvidado rezar por alguien que fue importante en tu vida? ¿Qué oración, sacrificio u obra buena puedes ofrecer hoy por el eterno descanso de esa persona? 

«Dios de misericordia y amor, ponemos en tus manos amorosas a todos nuestros hermanos que has llamado de esta vida a tu presencia. En esta vida les demostraste tu gran amor, y ahora que ya están libres de toda preocupación, concédeles pasar con seguridad las puertas de la muerte y gozar de la luz y la paz eterna. Habiendo terminado su vida terrena, recíbelos en el paraíso, en donde ya no habrá tristeza ni dolor, sino únicamente felicidad y alegría con Jesús, tu Hijo, y con el Espíritu Santo para siempre. Amén.»

Video, Memoria de los fieles difuntos


Noviembre 1, Solemnidad de todos los santos


 

El primero de Noviembre, nuestra Iglesia celebra la Solemnidad de Todos los Santos.

Este día se celebran a todos los millones de personas que han llegado al cielo, algunos han sido canonizados y son por esto propuestos por la Iglesia como ejemplos de vida cristiana. La comunión de los santos significa que ellos participan activamente en la vida de la Iglesia por el testimonio de sus vidas, por la transmisión de sus escritos y por su oración.

Contemplan a Dios, lo alaban y no dejan de cuidar de aquellos que han quedado en la tierra. La intercesión de los santos significa que ellos, al estar íntimamente unidos con Cristo, pueden interceder por nosotros ante el Padre. Esto ayuda mucho a nuestra debilidad humana. Su intercesión es su más alto servicio al plan de Dios, podemos y debemos rogarles que intercedan por nosotros y por el mundo entero. 

Aunque todos los días deberíamos pedir la ayuda de los santos, es muy fácil que el ajetreo de la vida nos haga olvidarlos y perdamos la oportunidad de recibir todas las gracias que ellos pueden alcanzarnos. Por esto, la Iglesia ha querido que un día del año lo dediquemos especialmente a rezar a los santos para pedir su intercesión.  

 Este día, es una oportunidad para recordar que Dios nos ha llamado a todos a la santidad, que ser santo no es tener una aureola en la cabeza y hacer milagros, sino simplemente hacer las cosas ordinarias extraordinariamente bien, con amor y por amor a Dios, que debemos luchar todos para conseguirla estando conscientes de que se nos van a presentar algunos obstáculos como nuestra pasión dominante; el desánimo; el agobio del trabajo; el pesimismo; la rutina y las omisiones.

 ¿Como podemos alcanzar la santidad? Detectando el defecto dominante y planteando metas para combatirlo a corto y largo plazo. Orando humildemente, reconociendo que sin Dios no podemos hacer nada, acercándonos a los sacramentos.

Los santos "canonizados" oficialmente por la Iglesia Católica son varios millares. Pero existe una inmensa cantidad de santos no canonizados que ya están gozando de Dios en el cielo. A ellos también está dedicada esta fiesta de hoy. La Santa Biblia afirma que al Cordero de Dios lo sigue una multitud incontable. En el cielo están san chofer de autobús y santa lavandera de ropa, san mensajero y santa secretaria, santa madre de familia y san gerente de empresa, san obrero de construcción y san agricultor, san colegial y santa estudiante, santa viuda, santa solterona, santa niña y santa anciana, san sacerdote, san obispo, san pontífice, san limosnero, san celador, santa cocinera, san arrendatario y san millonario, y muchos más que amaron a Dios y cumplieron sus deberes de cada día. 

Para meditar: ¿Cuál es tu defecto dominante que te aparta de la santidad? ¿Como puedes ir acortando la brecha entre tu y el cielo?


Dios todopoderoso y eterno, que nos concedes venerar los méritos de todos tus santos en una sola fiesta, te rogamos, por las súplicas de tan numerosos intercesores, la deseada abundancia de tu gracia, Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.


Noviembre 1, Solemnidad de todos los santos

Octubre 31, Santa Maria de la Purisima de la Cruz


 

El 31 de Octubre, nuestra Iglesia recuerda a Santa Maria de la Purisima de la Cruz Salvat y Romero, Santa Religiosa. Año 1998, España.


La Sierva de Dios nació el 20 de febrero de 1926 en Madrid, España, en el seno de una familia acomodada. Junto con la primera educación asimiló también los valores cristianos. En el colegio madrileño de la Virgen María gestionado por Religiosas Irlandesas, recibió la Primera Comunión, la Confirmación y completó el currículum normal de los estudios.  

Maria Isabel fue madurando en todas las cualidades personales y culturales para poder proyectar una vida social llena de satisfacciones, ella, sin embargo, comenzó a percibir con mucha claridad la vocación a la vida religiosa, fue acogida como postulante en el Instituto de las Hermanas de la Compañía de la Cruz de Sevilla em 1944. Al año siguiente recibió el hábito religioso, asumiendo el nombre de Sor María de la Purísima de la Cruz, y fue admitida al noviciado. Ya durante este periodo de formación, la Sierva de Dios se distinguió por su compromiso, espíritu de sacrificio, el amor a la pobreza, un comportamiento humilde y un espíritu de obediencia desinteresada y convencida.

En 1947 emitió los votos temporales, y se le confió la dirección del colegio de Lopera, compromiso al que siguieron otros cargos de responsabilidad en Valladolid y Estepa. Fue auxiliar del Noviciado, Maestra de novicias, Provincial, Consejera General, Superiora de la comunidad de Villanueva del Río y Minas y en  1977 fue elegida Madre General del Instituto. Sería reelegida, con permiso de la Santa Sede otras tres veces para este cargo particularmente delicado en los difíciles años que siguieron al Concilio Vaticano II.

Tuvo una solicitud particular por la formación permanente de las Hermanas, sobre todo por las que atravesaban momentos de crisis y de desorientación, de modo que en aquellos años de experiencias y de no pocas incertidumbres su testimonio de vida constituyó un punto seguro de referencia para muchas de ellas. Cuidó con amor la animación vocacional cuyos frutos maduraron incluso de modo visible hasta el punto de que la Sierva de Dios tuvo que dedicarse a abrir nuevas casas religiosas en otras ciudades de España.

Su personalidad serena y jovial contribuía a crear un clima de confianza y de comunión, pero era sobre todo su sólida espiritualidad la que motivaba sus intenciones y sus acciones.  En 1994 le diagnosticaron un tumor, por el que tuvo que ser operada. Afrontó la enfermedad con gran docilidad a la voluntad de Dios y con fortaleza de ánimo y durante cuatro años mas continuó generosamente con su actividad. En los últimos días de vida, cuando el sufrimiento fue más doloroso, renovó su confianza en la bondad de Dios, preparándose para el momento del encuentro con el Esposo. El 31 de octubre 1998 se durmió piadosamente en la Casa Madre de Sevilla. En su funeral participaron numerosos sacerdotes y religiosas, junto con un grandísima asistencia de fieles, testimonio de una fama de santidad que ya en vida había acompañado a la Sierva de Dios. Fue beatificada el 18 de septiembre del 2010, durante el pontificado de S.S. Benedicto XVI. Y canonizada el 18 de octubre de 2015, por el papa Francisco.

Te damos gracias Señor y Padre nuestro por haber glorificado en tu Iglesia a Madre María de la Purísima de la Cruz, que renunció a todo para seguirte por el camino de humildad y pobreza, imitando así a tu Hijo Jesucristo Nuestro Señor. Haz que el ejemplo de su vida suscite en muchas almas el deseo de seguirte más de cerca, siviéndote en la persona de los pobres y enfermos necesitados. Por Jesucristo Nuestro Señor, Santa Maria de la Purisima de la cruz, ruega por nosotros. Amen.


Video de Santa Maria de la Purisima de la Cruz

Octubre 30, San Alonso Rodriguez


 

El 30 de Octubre, nuestra Iglesia recuerda a San Alonso Rodríguez, Santo Religioso de la compañía de Jesús. (1532 - 1617). España.

 Alonso nació en Segovia (España) en el año 1532, siendo el segundo de los once hijos del matrimonio formado por Diego Rodríguez y María Gómez, quienes se dedicaban al próspero comercio de paños, telas y tejidos de muy alta calidad. Su niñez y juventud estuvieron estrechamente ligadas a la Compañía de Jesús, institución que influyó profundamente en su formación espiritual desde temprana edad.

 La estabilidad familiar cambió drásticamente con la muerte de su padre. Alonso tuvo que hacerse cargo del negocio familiar, demostrando una notable incompetencia para el comercio de paños, lo que comenzó a mermar la estabilidad económica de los suyos.

 A pesar de las dificultades económicas, Alonso contrajo matrimonio con María Juárez, con quien tuvo dos hijos. Pero una cadena de dolorosas pérdidas sacudió su vida: primero fallecieron uno de sus hijos y su esposa; poco después, el negocio familiar colapsó por completo, seguido por las muertes de su segundo hijo y de su madre.

 Sumido en una profunda crisis y completamente solo, Alonso busco resolver su dolor por medio de una confesión general y un firme propósito de comenzar una nueva vida. Abrazó un intenso ritmo interior de trato con Dios que mantuvo fielmente durante seis años.

 Alonso cedió todos sus bienes a sus hermanos y marchó a Valencia en 1569 con el claro propósito de ingresar en la Compañía de Jesús. No obstante, se enfrentó a obstáculos que parecían insalvables: su edad avanzada para la época, la falta de estudios teológicos formales y una salud frágil.

 A pesar de todo, finalmente fue admitido en el Colegio Monte Sión en el año 1571. Allí se le encomendó el humilde oficio de portero, una labor que desempeñó de forma ininterrumpida hasta el año de 1610 (casi cuarenta años de servicio continuo).

Durante las cuatro décadas que abrió la puerta del colegio, San Alonso se convirtió en un foco radiante de espiritualidad. Superiores, novicios y visitantes se beneficiaban de su consejo. Cada vez que tocaban a la puerta, Alonso repetía interiormente: «¡Ya voy, Señor!», viendo en cada persona que llegaba al mismísimo Jesucristo.

 En la jerarquía y tradición interna de la Compañía, Alonso ocupó la figura de hermano coadjutor (denominado históricamente también como hermano lego). Estos religiosos consagran sus vidas mediante votos solemnes idénticos a los de los sacerdotes, colaborando en la misión de la orden desde el servicio práctico, la administración, la acogida y las tareas cotidianas, en lugar de presidir los sacramentos. Dentro de la Compañía fue considerado un modelo de obediencia absoluta, deseo de tribulación y auténtica familiaridad con Dios. Su autoridad espiritual fue tan profunda que se convirtió en el director y mentor espiritual de San Pedro Claver (el célebre apóstol de los esclavos en Cartagena de Indias), a quien el propio Alonso impulsó e inspiró con visión profética a marchar a las misiones de América.

 Aunque utilizaba un lenguaje sencillo y popular, escribió páginas de singular belleza mística que no provenían de los libros, sino de su propia experiencia de oración.

 Nadie imaginaba que aquel bondadoso portero que acogía a todos con una sonrisa sufría en silencio violentas tentaciones contra la castidad, escrúpulos severos y profundas arideces espirituales. El mero acto de meditar le generaba dolores físicos intensos, y parecía que sus años de mortificación no daban fruto. Sin embargo, haciendo acopio de una paciencia heroica, jamás se desanimó.

 Al final de su vida, experimentó una intensísima e ininterrumpida presencia de Jesús y de María que lo colmaban de consuelos místicos, al punto de que le era imposible apartar su mente de Dios. Estuvo adornado de diversos carismas, entre ellos visiones y el discernimiento de espíritus. El discernimiento de espíritus es la capacidad de distinguir si los pensamientos y deseos internos provienen de Dios (impulsando al bien y la paz) o de influencias contrarias.

 San Alonso Rodríguez falleció en Palma de Mallorca en las últimas horas de la noche del 31 de octubre de 1617. Fue beatificado el 25 de mayo de 1825 por León XII. Y canonizado el 15 de enero de 1888 por León XIII. Ese día era elevado a los altares junto a Juan Berchmans y Pedro Claver uno de sus dilectos discípulos.

 Es considerado el patrono de los hermanos coadjutores (legos) de la Compañía de Jesús, así como el protector tradicional de porteros, conserjes y recepcionistas.

 San Alonso Rodríguez, el santo de la puerta y la paciencia heroica un hombre que demostró que la santidad no se alcanza en los grandes escenarios del mundo, sino en la fidelidad silenciosa a las tareas cotidianas y en la entrega absoluta a Dios en medio del dolor humano. Tras fracasar en los negocios y sufrir la pérdida devastadora de toda su familia, Alonso descubrió que los aparentes "fracasos" o tragedias no son el fin, sino una invitación a reorientar la vida hacia Dios. Para ser santo basta con hacer las tareas humildes con un amor extraordinario. 

Para la reflexión: 

 ¿Cómo podemos transformar nuestras tareas ordinarias de hoy en una fuente de santidad y servicio a los demás?"

 Señor y Padre Nuestro, te damos gracias por estos modelos admirables que nos presentas en tus santos. Haz que queramos imitarlos y que seamos capaces de seguir sus buenos ejemplos. Por Jesucristo Nuestro Señor. San Alonso Rodríguez, ruega por nosotros. Amén.

 Video de San Alonso Rodriguez

Noviembre 3, San Martin de porres

  El 3 de noviembre, nuestra iglesia recuerda a San Martín de Porres, fraile de la Orden de Predicadores. Año 1639, Perú. De memoria litúrgi...